miércoles, 7 de octubre de 2009

La viejecita de las palomas



Recuerdo todavía siendo muy niño,
cargado con mi cartera, camino de la escuela,
pasando todos los días por la escalera de la Catedral.

Sentada en esta, una señora muy anciana,
abrigo negro y echarpe de lana,
vendiendo cartuchitos de comida para sus palomas
todos los días del año en la misma esquina.

Quieto me quedaba de repente en mi veloz carrera,
extasiado, viéndola arremolinada con sus palomas,
un espectáculo digno de pararse y contemplarse,
guiñándome un ojo me ofrecía para que le comprase.

Ni por más que escarbaba mis bolsillos ,
ni por más que les diese vuelta del revés,
salía un duro que costaba el cartuchito,
tendría que esperar a la paga del sabadito.

Mientras con voz algo grave canturreaba,
¡cómprenme un cartuchito para mis palomas!,
¡cómprenme comida para mis blancas!
¡cómprenme! y les aportará alegría y felicidad.

Así siempre, todos los días de todo el año,
hiciera terrible frío o un horror de verano.
allí estaba la viejecita, los cartuchitos y sus palomas
sonriente siempre, por su aspecto nadie diría,
que poco le importaba el ajetreo mundano.

¡cómprenme un cartuchito para mis palomas!,
¡cómprenme comida para mis blancas!
¡cómprenme! y les aportará alegría y felicidad.

Hasta que un domingo decidido y con un duro en el bolsillo,
a la Catedral me dirigía, con inocente y sana alegría,
pero la viejecita no estaba, en su lugar una joven había,
dulce, preciosa, con vestido blanco como sus palomas,
con una luz blanca que todo su cuerpo despedía.

Triste pero contento por lo que había visto me marché
¿fue real lo que un niño viera en la Catedral?
a lo mejor..... pero esto me quedó marcado por siempre,
aquel día en la escalera.... ya no sería nunca igual.

Recordaré siempre a la viejecita y sus cartuchitos
y a la joven y sus palomas en la escalera de la Catedral.

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